Archivos para 9/07/11

¿Es inevitable permanecer en el euro?


Publicado en Sistema Digital el 8 de julio de 2011

El comisario europeo Joaquín Almunia decía hace unos días que ningún país saldrá del euro y que nadie quería hacerlo. Lo afirmaba con la misma seguridad con la que el presidente de la comisión aseguraba casi al mismo tiempo que en  materia económica y de deuda “no hay alternativa”.

Quizá se equivoquen.

A nadie le cabe la menor duda de las ventajas que disponer de una unión monetaria en Europa puede traer para todos. Pero son ventajas que solo se pueden disfrutar cuando está bien diseñada y cuando dispone de los necesarios mecanismos compensatorios para evitar que las diferencias que inevitablemente suele haber entre los países o territorios que la compongan se conviertan en una amenaza para la propia unión y en una fuente de desigualdades sociales y personales, de desequilibrios territoriales, de conflictos económicos y, en suma, de empobrecimiento para algunos de ellos.

Desgraciadamente, tal y como multitud de economistas distinguidos y de diferentes posiciones ideológicas advirtieron en su día, la unión monetaria europea se diseñó desde el principio no para que diera frutos en el terreno de la cohesión y el desarrollo armónico de las economías y de los pueblos europeos sino para que las grandes empresas y los grupos financieros dispusieran de un espacio en donde obtener rendimientos más abundantes y con menos dificultades.

Con una situación de partida entre sus componentes muy desigual, la renuncia a disponer de mecanismos equilibradores (coordinación macroeconómica efectiva, hacienda integrada, presupuestos suficientes, supervisión financiera centralizada, potentes políticas redistributivas que hubieran impedido el aumento de la desigualdad interregional que se ha producido…) llevaría inevitablemente a generar una actividad económica cada vez más polarizada en torno a los grandes centros de gravedad, a destruir constantemente tejido productivo en las periferias y a incrementar la vulnerabilidad de los territorios más débiles ante los impactos que la coyuntura económica siempre depara con mayor o menor intensidad. Y cuando estos últimos han sido especialmente fuertes, como los que ha producido la crisis financiera, todo ello se ha manifestado con toda su crudeza: cuando sufren o se deterioran en exceso los espacios más débiles el mal se traspasa también al conjunto de la economía europea.

En lugar de optar por una estrategia auténticamente comunitaria, por una integración verdadera y mutuamente satisfactoria, es decir, en lugar de concebir al euro como un instrumento para el desarrollo integral de la economía europea, multipolar y no concentrado, creador de sinergias y no fragmentador del tejido productivo; en lugar de utilizarlo para hacer de la economía europea un espacio compensado en donde la agricultura, la industria y los servicios, la actividad empresarial y los centros de poder, se desarrollaran de modo armonioso en todo su conjunto, desde el primer momento se optó por someter a toda la economía europea a los intereses y directrices del gran capital europeo encabezado por el alemán. Su enorme poder y la sumisión de los gobiernos que se iban sumando a la unión, facilitaron un proceso que ha culminado con una “alemanización” del euro que puede terminar por destruirlo.

La enorme pujanza de la economía alemana requiere una demanda constante e igualmente potente. Para que esa demanda procediese de su interior se requeriría una distribución de la renta muy favorable a los salarios y un elevado gasto público, porque estos son los que pueden garantizar una potente demanda interna. Pero cuando el capital renuncia a ceder renta no cabe sino recurrir a la demanda externa, dirigiendo la producción hacia las exportaciones como motor del crecimiento.

Hace años, la ventaja tecnológica de la que gozaba Alemania hacía que esa fuese una salida natural de su economía, y que, por ello, no implicase un deterioro paralelo de los salarios. Pero cuando la globalización y la mayor integración europea tienden a homogeneizar las condiciones salariales y la norma tecnológica, para mantener la demanda externa es necesario una estrategia más combativa en el exterior, que es la que se ha manifestado en la gestación de la unión europea y, particularmente, del euro, basada en una auténtica “conquista” alemana de los mercados europeos.

Alemania ha impuesto la estrategia que permite que el euro sea el instrumento que garantiza la demanda exterior que necesita y eso lo ha logrado liquidando literalmente el tejido productivo de los demás países y especialmente de los periféricos, imponiéndoles políticas de austeridad que les han impedido generar ingresos endógenos para generar la suficiente acumulación de capital y obligándole a financiar  entonces su crecimiento económico mediante los créditos provenientes del enorme superávit que lógicamente produce una pauta distributiva nacida de esta estrategia.

Alemania se ha quedado, o ha destruido, el tejido económico europeo y puede mantener su crecimiento gracias a la demanda de los demás países. Y como eso lógicamente merma la capacidad de generar los ingresos suficientes en estos últimos, pone a su disposición un gigantesco flujo de financiación nacido de la acumulación tan extraordinaria de rentas del capital que se obtiene en su economía, para que así puedan pagar el déficit en el que incurren constantemente.

La operación puede realizarse aparentemente sin demasiados problemas porque se produce en el marco del euro, como si fuesen déficit o superávit registrados dentro de un mismo país: cuando muchos advertimos que el déficit exterior español es insostenible porque muestra que nuestra capacidad de generar ingresos endógenos disminuye peligrosamente los defensores del status quo nos dicen que eso no es problema porque el déficit español respecto a Alemania es tan problemático como el que Cuenca pudiera tener con Zaragoza.

Es un argumento falaz. Las consecuencias de estos déficits constantes y en aumento que produce la estrategia que domina el euro sí son un gravísimo problema económico y social (aunque no lo sean desde el punto de vista contable) porque provocan, al menos o principalmente,  tres problemas que antes o después pueden hacer que todo salte por los aires en Europa:

- El primero es que genera una deuda privada en aumento que es insostenible desde cualquier punto de vista que se contemple. Algo que nunca ha preocupado a las autoridades porque a la banca le interesa que crezca cuanto más mejor. Por eso la han dejado crecer, y lo seguirán haciendo aunque lleve al saqueo de los pueblos porque cuanto más alta sea mayor será, como estamos viendo, la capacidad de extorsión a los poderes representativos y la esclavitud que imponen a los ciudadanos.

- El segundo es que en una situación de deterioro de la capacidad productiva y de los ingresos por las razones que he apuntado, es preciso imponer el grillete de la austeridad, so pena de imponer a las rentas del capital un régimen impositivo al que de ninguna manera están dispuestas a someterse. Estas políticas también merman los ingresos, disminuyen la actividad y coadyuvan a incrementar el endeudamiento que, como acabo de decir, es el negocio de los bancos. Con tal de dar salida rentable a sus excedentes el capital alemán condena así al resto de Europa a la atonía y ella misma se cava su tumba, o se obliga a involucrarse en estrategias de conquista de mercados que desvirtúan (como ha pasado con la última ampliación de la UE) el espacio del euro. En concreto, esta estrategia es la responsable del continuado deterioro de las condiciones de trabajo y del aumento del paro.

- El tercero es que puesto que sería impensable que el flujo de crédito que viene de los bancos alemanes (en realidad también de otros franceses pero como en una estrategia de seguimiento de los primeros) se dirigiera a financiar la actividad económica, industrial o de servicios, que compitiera con la exportadora alemana (es decir, que Alemania se hiciera la competencia a sí misma), su destino termina siendo o la financiación del consumo (en contra de la cínica defensa de la austeridad que se proclama) o la de burbujas como la inmobiliaria que proporcionan altos rendimientos pero no solidez a la estructura productiva sino todo lo contrario, una gran volatilidad.

En el periodo 2000-2007 la renta nacional alemana aumentó en unos 300.000 millones de euros, de los cuales el 72% fue a rentas del capital. Y en ese mismo periodo más de 270.000 millones de euros de media al año salieron de Alemania para financiar negocios en otros lugares de Europa, pero lo hicieron dirigiéndose a destinos puramente especulativos, a inflar, como he dicho, burbujas inmobiliarias y a promover la evasión y la inversión improductiva. La consecuencia es que ahora los bancos alemanes están al borde del abismo y para tratar de recuperar el capital que prestaron fuera en lugar de invertirlo en su país, ponen en peligro la recuperación del resto de las economías e imponen un saqueo criminal a las naciones de las que han obtenido en estos últimos años beneficios incalculables.

A nadie se le escapa que salirse del euro es una opción de costes extraordinarios que llevaría al país que lo hiciera a sufrir agresiones sin precedentes en Europa y a vivir algunos años de caos financiero y de empobrecimiento. Nada más cierto. Pero ¿acaso está propiciando otra cosa mejor un euro al servicio exclusivo del capital financiero y de las grandes empresas? ¿Acaso le ha dado seguridad y bienestar a Grecia a Portugal o a Irlanda? ¿Acaso no hizo España los deberes del euro y no puso sin rechistar en manos del capital alemán y europeo sus mejores empresas y centros de producción? ¿Acaso el euro nos está protegiendo de la extorsión y de los ataques especulativos? ¿no alentó el euro, en beneficio de la banca europea, el endeudamiento privado imponiendo los recortes salariales en lugar de la estabilidad financiera?

El euro, y las políticas que se vienen imponiendo para sostenerlo en la función servil que viene desempeñando, es hoy día la fuente del desastre en que vive Europa y lo que impone un saqueo criminal a los pueblos al que hay que enfrentarse por dignidad y sentido de supervivencia. El euro y la incompetencia con que los dirigentes europeos están gestionando la crisis para salvar los intereses del gran capital no da ya ningún tipo de seguridad ni puede proporcionar bienestar sino la ruina generalizada de los trabajadores, de las clases pasivas y de las pequeñas y medianas empresas. Es un expolio que hará que una Europa se levante contra otra. Dentro del euro tal y como está constituido y en el marco de las políticas que implica es imposible que países como España (y por supuesto Irlanda, Portugal o Grecia, y posiblemente también otros como Italia o incluso Francia) tengan salidas que no impliquen más sufrimientos, más sobresaltos y peores resultados macroeconómicos y sociales. No es posible.

Si no hay un giro urgente en la política europea, si no se impone la cooperación, la armonía y el reparto equitativo de la riqueza, si no se admite que quien debe gobernar Europa es el pueblo mediante sus representantes y no los grupos de presión y los poderes financieros, tenemos la obligación de salir a la calle también a reclamar que nos salgamos del infierno, como ahora el de Grecia, que quieren imponernos a todos.

http://www.juantorreslopez.com/impertinencias/137/2440-ies-inevitable-permanecer-en-el-euro

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Tampoco nos representan


“Nuestras multinacionales” no nos representan

 

 

“Nuestras empresas”. Durante la última década, hemos visto cómo en infinidad de ocasiones los gobernantes y los medios de comunicación se referían así a las grandes corporaciones españolas: “Nuestras empresas están en América Latina para quedarse, se trata de una apuesta de Estado que no tiene marcha atrás”, decían desde el gobierno de Zapatero hace dos años. De este modo, el discurso oficial insistía en que vivíamos en el mejor de los mundos posibles y, en él, “nuestras multinacionales” eran la principal fuente de riqueza para el país. Por eso, se argumentaba que había que defenderlas costara lo que costara, dando por hecho que su aumento de ingresos era el nuestro, y pareciendo así que todos y todas fuéramos accionistas de dichas compañías.

La crisis, lejos de acabar con esta idea, la ha reforzado aún más: ante la recesión económica que se vive en el Estado español, las multinacionales han decidido volcarse en otros mercados para poder seguir aumentando sus extraordinarios resultados, [1] para lo cual han contado con el apoyo de la acción exterior y las relaciones diplomáticas del ejecutivo español y de la casa real, perpetuando de esta manera el discurso de que los intereses de las empresas españolas coinciden con el interés general de la población.

Hoy, cada vez somos más conscientes de que estas grandes empresas son las que realmente deciden la vida diaria de la ciudadanía, incluso con una enorme capacidad para sostener o hacer caer gobiernos. La realidad se impone: llenamos el depósito del coche en surtidores de Repsol, gestionamos nuestros ahorros en los bancos Santander y BBVA, establecemos nuestras comunicaciones a través de Telefónica, disfrutamos de la electricidad y el agua caliente que nos suministran Gas Natural Fenosa o Iberdrola… Nuestras vidas transcurren bajo sus designios y los grandes partidos políticos, por supuesto, no se sustraen a ellos: son estas mismas corporaciones transnacionales las que sufragan las campañas electorales de los dos partidos mayoritarios, de ahí que, ante las reformas emprendidas por el gobierno, Emilio Botín se haya mostrado “contento de cómo están yendo las cosas” y de la “rapidez de las medidas”, que “son magníficas”, mientras Francisco González aseguraba, por el contrario, que “el pacto social es bueno pero no suficiente. Hay que sacrificarse y hacer del país un país de progreso”, decía el presidente del BBVA, que pedía también “una reforma laboral de verdad”.

Esta simbiosis entre la política y el mundo empresarial se nos ha hecho tan cotidiana que nos resulta familiar, incluso, que el presidente del gobierno, sea del partido que sea, realice muchos viajes al exterior acompañado por los máximos mandatarios de las transnacionales españolas. Y da cierta pereza constatar lo que parece obvio: que la finalidad no es defender un mundo más justo, equitativo y en paz, sino “hacer negocios”. Sólo hay que recordar, como ejemplo, los recientes viajes del presidente del gobierno a Qatar, Emiratos Árabes y China, o cómo José Bono, encabezando la delegación parlamentaria que hace unos meses viajó a Guinea Ecuatorial, le dijo a Teodoro Obiang que “es muchísimo más lo que nos une que lo que nos separa”. Eso por no hablar del apoyo de organizaciones vinculadas al expresidente Aznar a la falange santacruzeña para derrocar al gobierno legítimo de Evo Morales en Bolivia a favor de las transnacionales de los hidrocarburos, así como los abrazos de nuestros gobernantes y grandes empresarios a personajes como Gadafi, Mubarak, Putin y Uribe, sin olvidar el abandono del pueblo saharaui y las alabanzas de la mayoría de la clase política española, empezando por el rey, al dictador de Marruecos.

No puede extrañarnos, en este contexto, que las principales multinacionales españolas les hayan reservado un asiento en sus consejos de administración a aquellos altos representantes de la clase política que, en ejercicio de sus funciones, contribuyeron a adecuarles un marco legislativo apropiado. Así, hemos visto cómo la empresa eléctrica Endesa ha fichado al expresidente Aznar, mientras Gas Natural Fenosa ha hecho lo propio con Felipe González. Se hace realidad el paradigma de las puertas giratorias: los gobernantes que salen del ejecutivo después de cumplir el programa de reformas estructurales y privatizaciones de los servicios públicos para favorecer a las empresas transnacionales, tras haberlas saneado con el dinero de toda la ciudadanía y de defender sus negocios por todo el mundo, son después incorporados, en base a su “buen hacer”, como asesores y consejeros de las grandes compañías.

En un momento de crisis en nuestro país, donde se incrementan sin parar las cifras de paro, los servicios públicos suben sus tarifas y se deterioran día a día, la juventud se ve sin horizonte laboral, la inmigración es perseguida y la gente se queda en la calle por no poder pagar la hipoteca, podemos ver cómo las empresas transnacionales y los grandes ejecutivos aumentan escandalosamente sus beneficios. Las cifras son elocuentes: los altos directivos del Ibex-35 vieron cómo sus sueldos aumentaron en 2010 el 20% respecto al año anterior; los salarios declarados de estos “trabajadores” van desde los 10 millones de euros que ganaron Alfredo Sáenz (Banco Santander) y José Antonio Tazón (Amadeus), hasta los 5,3 millones que obtuvieron Ignacio Sánchez Galán (Iberdrola) y Francisco González (BBVA), los 4,5 que ganó Antonio Brufau (Repsol) y los 4 millones que ingresó Emilio Botín. Al mismo tiempo, las empresas del Ibex ganaron un 22% más en 2010, Repsol YPF triplicó sus beneficios por la venta de activos y la subida del crudo, y Telefónica va a recortar el 20% de su plantilla en España tras anunciar que sus beneficios de este año han superado los 10.000 millones de euros y que pagará a sus accionistas un dividendo récord de 7.300 millones. Las cifras son tan elevadas que por obscenas se hacen increíbles.

Las compañías multinacionales también ha creado una provechosa hermandad con la alta jerarquía de la Iglesia católica. “Unos ganan dinero y otros compran el cielo”, que diría el otro: el papa Benedicto XVI recibió en julio del año pasado al arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, acompañado por los representantes de Telefónica, Abengoa, Sacyr Vallehermoso, Iberdrola y los bancos Santander y BBVA, todos ellos miembros de Madrid Vivo, una entidad conformada para financiar la visita del pontífice a España el próximo mes de agosto. Y junto a ello, las grandes corporaciones tienen operaciones en otros “paraísos”: 21 empresas del Ibex disponen de filiales en paraísos fiscales, llevándose la palma el Banco Santander (33 empresas radicadas en esos territorios), seguida por Repsol (13), Gas Natural (8) e Inditex (7).

Con todo ello, asistimos impávidos a un escenario en el que mientras el gobierno estatal y muchos gobiernos autonómicos dicen no tener dinero para fortalecer y ampliar los servicios básicos para la población, fomentar políticas de empleo, impulsar políticas de vivienda o pagar a las pequeñas empresas que están quebrando por impagos, sí lo tienen para inyectarlo a las entidades financieras.

Tras reunirse dos veces en cuatro meses con el ejecutivo español en el Palacio de la Moncloa, junto con el resto de la cúpula empresarial del país, Botín pronosticaba que 2011 “volverá a ser un año excelente”. Pero, seguramente, no entraba en sus planes el que, mediada la primavera, una multitud de hombres y mujeres tomara las calles y las plazas de todo el Estado español con una consigna: “No somos mercancía en manos de políticos y banqueros”. Y tampoco imaginaría, suponemos, que él mismo iba a convertirse en el protagonista de muchas de las pancartas y carteles: “Tu botín, mi crisis”; “Lo llaman democracia y es Botín”. Así, con unos niveles de desempleo que no paran de crecer, un gobierno que prioriza los intereses de las grandes empresas sobre los de la ciudadanía y unos empresarios cuyas retribuciones han batido todos los récords en medio de la crisis económica, mucha gente se pregunta en voz alta: excelente, ¿para quién?

El caso es que, tal y como se ha puesto de manifiesto en las movilizaciones del 15-M, hemos de identificar con nombres y apellidos a los que manejan “los mercados”, a esas empresas transnacionales que nos exprimen y no nos dejan vivir, mientras sus altos ejecutivos comen en el Ritz, viajan en jets particulares, envían sus “pequeños salarios” a paraísos fiscales y almacenan más dinero del que podrían contar. Por eso, junto con las denuncias y las acciones frente a una democracia formal que “no nos representa”, vale la pena seguir recalcando la responsabilidad de los grandes empresarios en la creación y gestión de la crisis actual.

En este sentido, continuando con la senda iniciada con las ocupaciones de bancos y sedes de la patronal, así como con las actuaciones para parar los desahucios de aquellas personas que no pueden pagar la hipoteca, proponemos que nosotros y nosotras, ciudadanos y ciudadanas de a pie, convoquemos a la vuelta del verano una jornada de protesta contra las mayores multinacionales españolas. De este modo, proponemos realizar en todas las ciudades tres marchas: una sobre la sede de Telefónica, otra sobre la de Repsol y otra que llegue hasta la del Banco Santander, [2] movilizaciones con las que podamos seguir señalando que “nuestras multinacionales” y los gobiernos que las amparan no nos representan.

Luis Nieto Pereira y Pedro Ramiro son miembros de la Asociación Paz con Dignidad y del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL).

NOTAS:

[1] Y a fe que lo han logrado: en la actualidad, los negocios en el extranjero le reportan al Banco Santander el 85% de sus ingresos, a Inditex el 70% y a Telefónica el 68%.

[2] Dependiendo de cada región y comunidad autónoma, podría optarse por hacer marchas hacia las sedes de otras empresas transnacionales españolas.

 

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=131913&titular=%93nuestras-multinacionales%94-no-nos-representan-

 

 

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